viernes, 21 de agosto de 2026

Tecnología

El origen ancestral del dado de veinte caras hallado en Egipto

Aunque el dado de 20 caras es un ícono de los juegos de rol modernos, arqueólogos han confirmado su uso en rituales del antiguo Egipto hace más de dos milenios.

Redacción Nación 24
Foto: xataka.com.mx

Para los aficionados de juegos de rol como Dungeons and Dragons o Pathfinder, el dado de 20 caras, conocido técnicamente como icosaedro, es una herramienta fundamental para determinar el destino de sus personajes. Sin embargo, su origen no se encuentra en las mesas de juego contemporáneas, sino en las profundidades de la historia antigua. Recientes hallazgos arqueológicos han confirmado que civilizaciones egipcias ya utilizaban este poliedro hace más de 2,000 años, mucho antes de que la cultura pop lo adoptara como símbolo del azar.

El artefacto, tallado en materiales como piedra o hueso, demuestra que la fascinación humana por el azar y las probabilidades no es un fenómeno reciente. A diferencia de su uso lúdico actual, los expertos señalan que en la antigüedad estos objetos cumplían funciones vinculadas a la adivinación y rituales religiosos. Los ejemplares encontrados presentan inscripciones que, si bien difieren de los números arábigos modernos, cumplían una función similar de segmentar las posibilidades de un evento.

Este descubrimiento ha generado gran interés entre historiadores y entusiastas de los juegos de mesa en México, quienes ven en este objeto un puente entre las prácticas espirituales del pasado y la recreación moderna. La existencia del icosaedro egipcio desmitifica la idea de que los juegos de azar complejos sean una invención exclusiva de la era digital o de la cultura estadounidense del siglo XX.

La preservación de estos dados en museos internacionales permite estudiar cómo las sociedades antiguas sistematizaron la incertidumbre mediante la geometría. Aunque hoy asociamos el dado de 20 caras con la toma de decisiones en entornos de fantasía, su presencia en tumbas y sitios ceremoniales egipcios sugiere que la humanidad ha buscado siempre una forma tangible de dialogar con el destino y lo desconocido.

Este hallazgo no solo enriquece el estudio de la arqueología, sino que también ofrece una perspectiva fascinante sobre la evolución de los juegos de azar. Es un recordatorio de que, a través de los siglos, los seres humanos hemos compartido una misma curiosidad por las matemáticas aplicadas a la suerte, independientemente de la época o la geografía en la que nos encontremos.

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